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CHINA: ¿ REALIDAD O SUEÑO?

Profesor Luis Torras

Director del Departamento de Política de empresa

EADA, ESPAÑA 

 

 

Introducción

Este verano en que Europa ha vuelto a dar claras muestras de su incapacidad para solucionar los graves problemas que la aquejan, el continente se ha llenado  de Casandras, que como el personaje de la mitología griega parecen condenados a profetizar desgracias respecto al futuro del euro, el desmembramiento de Europa,  la pérdida de liderazgo por parte de los Estados Unidos, la crisis económica que nos lleva de recesión en recesión.  Todo ello salpicado por el convencimiento de que ha llegado definitivamente el cambio de liderazgo mundial, en que China siguiendo su imparable crecimiento se convertirá en la primera potencia mundial. El único resquicio de duda es respecto a la fecha concreta en que se producirá este gran acontecimiento.

No estoy convencido de que la mayoría de ciudadanos de nuestro planeta estén seguros de este cambio de liderazgo.  Aunque desde Europa exista el convencimiento de que Washington está perdiendo poder e influencia  y de  que es sólo cuestión de tiempo que China se convierta  en la primera potencia del globo, y aunque es cierto que Estados Unidos no acaba de salir de la crisis como los datos del paro de este mes de Agosto parecen indicar y que Standard $ Poor le ha rebajado la calificación, sin embargo   los inversores siguen atesorando deuda en dólares, la moneda verde sigue siendo el referente mundial y el poderío económico, tecnológico y militar no tiene parangón en la actualidad

Crisis

Las recesiones son acontecimientos cíclicos. Como dice George Friedman (1), ocurren periódicamente y tienen por objetivo regular el sistema económico. Con la falta de dinero las organizaciones ineficientes tienden a desaparecer.   La crisis del 2008 no ha sido la peor desde la II Guerra Mundial. La crisis energética de finales  de los 70 y principios de los 80 fue igual o peor que la actual. Ambas han generado situaciones difíciles porque ambas han acabado en recesiones, pero en  1982 la inflación y el desempleo en los Estados Unidos  superaron el 10% y los intereses de  las hipotecas llegaron a fluctuar entre el 18% y el 20%.

Lo que la actual crisis está evidenciando es que los Estados Unidos siguen  siendo el centro del sistema y que cualquier problema interno afecta al resto del globo. Ha evidenciado también que sus repercusiones son mayores fuera de los Estados Unidos, y que el resto del mundo necesita a los Estados Unidos para recuperarse. Irónicamente, esta crisis financiera fortalecerá a los Estados Unidos respecto al resto de países,  como pasó con las otras crisis desde la II Guerra Mundial, y China no será una excepción.

Crecimiento

Es cierto que el despegue económico chino ha sido  impresionante durante los últimos 20 años y que este nuevo peso económico ha venido acompañado de un incipiente pero enérgico  protagonismo  en los foros globales; pero también es cierto que China venía de unos niveles de desarrollo muy bajos que facilitan el alto crecimiento y que le queda un enorme camino por recorrer para convertirse en una economía desarrollada.

 Los economistas nos intentan apabullar con las cifras del PIB  chino , pero cuando este PIB  lo dividimos por el número de habitantes nos damos cuenta de la cruda realidad. China tenía hasta hace poco unos 700 millones de habitantes que vivían en unidades familiares que ingresaban menos de 1.000 $ anuales. Unos 500 millones vivían en unidades que ingresaban alrededor de 2.000 $ anuales y unos 100 millones pertenecen a unidades familiares que forman la nueva clase media china concentrada en unas cuantas ciudades cercanas a la costa que ingresan más 20.000 $ anuales. Esta clase media nos puede parecer enorme pero porcentualmente hablando supone menos de un 10% de la población china.

La memoria histórica es algo de que, a menudo, los políticos carecen o ignoran, pero todos  los países suelen tener pautas de comportamiento que se repiten a lo largo de la historia y que no varían en demasía con el paso del tiempo. La localización y la geografía física junto con el perfil, tamaño, poder, cultura de los vecinos que le rodean  son aspectos  clave en el desarrollo de las pautas de comportamiento de un país. Gran Bretaña es un ejemplo  paradigmático: una isla con recursos limitados, separada por una estrecha lengua de mar de vecinos muy poderosos y agresivos, hizo de ella una potencia marítima. Sólo podía crecer a través de la búsqueda de recursos y mercado s externos.  Su dominio de los mares y de las vías de comunicación marítimas, tanto del Atlántico Norte como de las rutas hacia el Indico eran fundamentales para garantizar el comercio con las colonias que le permitieran importar las materias primas para exportar los productos acabados con un alto valor añadido producto de la ventaja comparativa que le supuso liderar la revolución industrial. Su localización, geografía física y  perfil de sus vecinos han definido un tipo de comportamiento único dentro de Europa. Gran Bretaña es el menos europeo de los países europeos, sintiéndose a menudo más próxima a su ex colonia al otro extremo del Atlántico Norte.

 China es un país que por su localización física siempre ha sufrido un cierto aislamiento geográfico  (la cordillera del Himalaya, Siberia, las junglas de la zona sur de Myanmar y Laos). Hace siglos el aislamiento no era un gran problema. China era un país/continente autosuficiente capaz de  desarrollar una cultura remarcable  mucho antes que Occidente, pero su glorioso aislamiento le impidió tener competencia, algo que los países europeos tuvieron, a menudo en dosis excesivas, pero que les ayudó a progresar.

El crecimiento de China la va a enfrentar a otras naciones por el control de los recursos energéticos y minerales de los que no dispone en cantidad suficiente para mantener su ritmo de crecimiento,  y por el control de las vías marítimas que garanticen estos suministros. Estos enfrentamientos están despertando un ya incipiente nacionalismo que va a obligar al gobierno  a redirigir una parte importante de sus recursos al desarrollo de una estructura militar importante, sobre todo naval,  si quiere  ser una primera potencia.  El comercio mundial se ha desarrollado tradicionalmente a través de las vías marítimas y su control requiere una  fuerza naval  superior a la de sus competidores, como fue el caso de (Gran Bretaña en el siglo, s.XIX y de los Estados Unidos en el siglo XX .

 En la actualidad China tiene un presupuesto militar de unos 60 .000 millones de $, un 15% del presupuesto militar de los Estados Unidos y no dispone de la tecnología necesaria para desarrollar las armas de nueva generación..

 El crecimiento de China está generando un coste medioambiental de dimensiones nunca vistas. La degradación del aire, el agua y la tierra será irreversible si no se reduce el crecimiento de la economía. Crecimiento que no se puede disminuir por las razones comentadas anteriormente y que dada su limitada rentabilidad no se puede permitir divertir recursos para disminuir los  costes  ambientales  generados por la actividad productiva. Esta limitada rentabilidad  se debe a su sistema de financiación en el que no son los mercados los que  determinan la distribución del capital, sino  las relaciones personales producto de la red de contactos familiares y sociales características de las culturas asiáticas y de  las relaciones políticas desarrollada por la burocracia comunista a lo largo de los años. En este contexto la financiación se concede a menudo  a partir de criterios sociales y políticos pero pocas veces empresariales. Un sistema similar al japonés en el que las empresas se financiaban mayoritariamente a través de los prestamos de los bancos que a menudo tenían como accionistas a las propias empresas.

La mala calidad de deuda que genera este sistema, se gestiona, según Friedman(1) , gracias a las altas tasas de crecimiento producto de de exportaciones de productos de bajo valor añadido. La variable clave de esta ecuación es el crecimiento. Si éste falla, el sistema se colapsa.

Inestabilidad

La historia de China es la de un país en constante inestabilidad. Desde sus orígenes China ha sufrido invasiones que dividían al país  y periodos de expansión civilizadora en un perímetro tan vasto que generaba en la periferia principados autónomos de difícil control. Desde el primer intento de unificación con el imperio Han hasta la proclamación de la República Popular China en 1949 se han sucedido multitud de dinastías y de periodos de apertura al exterior y de retraimiento, que culminó en el siglo XIX con la intervención en territorio chino de las potencias coloniales occidentales para facilitar el desarrollo de su comercio. 

Esta historia ha hecho de China un país inestable por naturaleza. De allí, ese afán de todos sus líderes a lo largo de la historia por mantener la unidad de un país, que por su tamaño y diversidad  se asemeja más a un continente. Pero, al contrario que los países europeos, los procesos de evolución y  revolución que ha sufrido no han generado un cambio de sistema, han simplemente reemplazado un emperador por otro, un líder comunista por otro,  que acaban siendo tan corruptos  como sus predecesores,  con el poder concentrado en manos de una burocracia atrapada en un viaje que siempre  lleva al punto de salida. Un viaje que Claudio Magris definiría como circular en el que acabamos regresando al punto de partida, en  oposición al viaje nietzscheniano con un principio precario y un final glorioso, que acaba poniendo  el énfasis en un más allá y dando un sentido progresivo a la historia.

En la actualidad la estabilidad política de China depende del crecimiento continuo  de su economía  que le permita dar respuesta a las acuciantes necesidades de una sociedad dividida  tanto geográfica como económicamente.  Para crecer necesita abrirse, desarrollar su comercio internacional y evitar el conflicto interno entre la costa y el interior. Históricamente, China ha pasado por varios procesos de apertura para acabar encerrándose de nuevo en sí misma. Con Mao China mantuvo la unidad pero se aisló y se empobreció.  En estos últimos treinta años la costa se ha enriquecido generando una enorme brecha con el interior, los recursos estatales se han invertido en desarrollar las infraestructuras de la zona costera olvidándose de un interior pobre, agrícola y racial y culturalmente muy diferente. El difícil reto con el que se enfrenta  la élite política china consiste en intentar equilibrar el abismo existente desviando recursos de las zonas costeras para invertirlos en el interior con el objetivo de impedir la ruptura y mantener la sacrosanta unidad del país.

 Pero el crecimiento es necesario por otra razón. En un sistema corrupto como el chino  todos pueden acabar aceptándolo si  el sistema permite una paulatina mejora económica del ciudadano de a pie, pero si la economía se encalla puede volver a ocurrir lo que ocurrió con la revolución comunista,  un simple cortocircuito puede incendiar todo el edificio.

Síntomas

Volviendo a la memoria histórica que mencionábamos anteriormente, un signo a lo largo de la historia de China de que se aproxima el final de una dinastía o de que se está incubando una revolución ha sido la protesta contra la autoridad por parte de ciudadanos u oficiales honestos hartos de la corrupción y las revueltas de los campesinos hartos de los impuestos abusivos, del maltrato y del abandono al que se ven sometidos por el Estado.  La memoria histórica nos recuerda  que en la historia de China las revoluciones siempre las iniciaron los campesinos. El propio Mao debió replantearse su estrategia revolucionaria al darse cuenta que el proletariado chino no era sensible a sus planteamientos y tuvo que desplazarse al interior para iniciar su revolución entre los campesinos. 

En China la ideología ha dejado de ser la goma que mantenía unido al país. Los principios ideológicos del Partido Comunista han dejado paso al tan deseado billete verde y al crecimiento económico a toda costa. En caso de que se produjera una crisis económica el único sustituto que se percibe en el horizonte  para mantener la unidad del país sería el nacionalismo, una herramienta que Mao -como tantos otros -  utilizó culpando a las potencias occidentales de la pobreza y el retraso  del país.

Rob Gifford (2)  en su excelente relato sobre China destaca tres aspectos de la China moderna que a primera vista causan una positiva  sensación:                                                                                                                                                

 Primero la explosión del consumo en las grandes ciudades.

Segundo el  hecho de que China es aparentemente un país en paz. El Partido Comunista post Mao ha logrado disminuir al mínimo los conflictos internacionales  y ha desarrollado una cierta estabilidad doméstica;

 y por último que  los chinos gozan por primera vez de un espacio vital sin grandes interferencias estatales. El mensaje del gobierno a la ciudadanía es " No te metas en política y puedes hacer lo que quieras ".

Pero en el reverso de estas atractivas fachadas aparecen síntomas inquietantes.  Es cierto que existe una explosión del  consumo espectacular,  pero como comentábamos anteriormente  la mayoría de la población no tiene acceso a estos productos al disponer de una  paupérrima renta per cápita. La prosperidad china es una patina de riqueza, accesible a una clase corrupta y privilegiada que oculta una masa de  problemas sociales como el crimen, la corrupción, el paro y las desoladora condiciones de la mayoría de viviendas.

También es cierto que China está en paz, pero, aparte de la agresividad de China hacia algunos de sus vecinos como Vietnam,  la paz interna se ve diariamente salpicada por cientos de conflictos rurales,  por la  tremenda frustración que genera el elevado nivel de corrupción y por los conflictos étnicos en las provincias de Xizang (Tibet) y de Xinjiang  poblada por los Uighurs, musulmanes del Turkestan que no formaron parte de China hasta su conquista por los emperadores chinos en el siglo XVII. Este problema étnico y el enorme tamaño del país hace difícil pensar que China pueda seguir el camino hacia la democracia que  Taiwan y Corea del Sur, países pequeños y étnicamente homogéneos que  gracias al crecimiento económico fueron capaces  de desarrollar una sociedad civil y una clase media, puntas de lanza de su desarrollo democrático.

Y, por último, los chinos difícilmente pueden disfrutar  de su nueva libertad, ante la sensación de indefensión por la falta de un estado de derecho y de un sistema judicial competente al que puedan acudir en caso de abusos por parte de las autoridades, así como la pérdida de toda la red social  (trabajo, pensión, seguridad , social ), que aunque deficiente, poseían durante el reinado maoísta.

Conclusión

Será capaz China de iniciar un viaje linear que acabe poniendo el énfasis en un más allá y dando un sentido progresivo a su historia o volverá a repetir el mismo ciclo repetido  por todas las dinastías políticas que la volvían a llevar al punto de partida.

China ha cambiado en estos últimos 60 años. Ha recuperado su unidad, su orgullo y el respeto internacional  como nación, sobre todo entre la población urbana que es la que se ha beneficiado más del cambio. El Estado es más fuerte y está más cohesionado gracias al desarrollo de infraestructuras que han disminuido las enormes distancias, y el país ha crecido económicamente - existen más oportunidades para los emprendedores -  y sicológicamente, abriéndose más y ampliando su horizonte mental, pero también hemos podido constatar que su milagro económico tiene muchas grietas y es más frágil de lo que aparenta

La gran rémora que puede cuestionar su futuro como gran potencia es su clase política  anclada en un pasado marxista - leninista, con un profundo autismo respecto a los cambios económicos y sociales, convencidos de que el modelo de gestión política  debe seguir  siendo el mismo que en los inicios de la revolución por dos razones: China nunca ha tenido una experiencia o intento democrático en su historia y el partido se cree autorizado a gobernar a su manera debido al prestigio acumulado, a pesar de todos sus desmanes, por el hecho de haber mantenido unido al país y haber recuperado el respeto internacional.

 Según Martin Jacques (3), las élites chinas nunca se vieron obligadas a compartir el poder con otros grupos de interés como ocurrió en Europa con la Iglesia y la burguesía mercantil. El Estado, tanto en la época imperial como en la comunista, nunca ha compartido el poder, siempre ha presidido  sobre la sociedad china sin ser cuestionado. Con la llegada del comunismo el estado dinástico se ha visto sustituido por el estado soberano. Durante milenios ha existido una continua ausencia de responsabilidad popular. La legitimidad del estado chino nunca ha dependido de un mandato electoral.

Según Gifford existen demasiadas contradicciones en la sociedad china. El Partido quiere crear una sociedad económicamente avanzada pero no está dispuesto a permitir el desarrollo de un entramado civil de asociaciones, sindicatos, grupos de consumidores iglesias. Necesita  conocimiento e innovación tecnológica para seguir creuiendo, pero restringe el uso de internet a ciertas fuentes de información y conocimiento.

En un contexto económico, social  y político como el que hemos descrito es dudoso que  China se convierta en una primera potencia. Es más probable que acabe convirtiéndose en una más dentro de un grupo de potencias como la India, Japón, Brasil que desempeñarán un papel importante en este siglo, pero  bajo el paraguas de los Estados Unidos.

 

 

 

1.       Friedman, George. ( 2009), The Next Hundred Years, Doubleday, N.Y.

2.        Gifford, Rob (2007), China Road,  Random house, N.Y.

3.       (3)Jacques, Martin (2009),  When China Rules the World, Penguin Group, London.